Noticias‎ > ‎Lo mas reciente!‎ > ‎

Nota en revista Argentina:Sophía / ¡Música, Maestra!

publicado a la‎(s)‎ 30 abr. 2012 8:46 por Mercedes Grau   [ actualizado el 30 abr. 2012 8:57 ]
Para ver el original, haz click en descargar al final de la página

María Guinand cree que la música estimula la inteligencia emocional y nos da la posibilidad de un encuentro con lo inexpicable. por cecilia mosconi. fotos de carolina muñoz. foto de apertura: víctor álvarez (cortesía orquesta sinfónica de venezuela).

María Guinand

Directora de coro

Es venezolana, tiene 59 años y está casada con el compositor y director de coro Alberto Grau. Es madre de dos hijos, está a punto de ser abuela y dirige la Schola Cantorum de Venezuela.

page2image3872
page2image4144
page2image4416

A Mí siempre me han gustado mucho los desa- fíos”, dice la Maestra María Guinand, como

respetuosamente se la llama en el mundo de

la música, su mundo. Casi no hace falta que lo diga; darle una mirada a su currículum deja sin aliento: entre tantas presentaciones, actividad educativa y viajes casi no queda un lugar libre. Pionera en el desarrollo de la música coral en Venezuela y fundadora de numerosas agrupaciones corales en su país, está hoy al frente de uno de los coros más prestigiosos: la Schola Cantorum, fun- dada por el maestro Alberto Grau –otro músico de fuste, compositor y director coral–, que es su marido desde hace treinta años. Alberto Grau fue el primer maestro de mú- sica de María; se conocieron cuando ella tenía 8 años. Se reencontraron veinte años después y están juntos desde entonces.

María, que hoy tiene 59 años, es madre de dos hijos: Luis Alfredo, economista, y Mercedes, comunicadora social. Este año María será abuela por primera vez, en el mes de junio; su hijo será papá de un varón. Este naci- miento la tiene feliz y expectante.

Su actividad profesional la lleva por el mundo entero: Francia, Dinamarca, Suecia, México, Canadá, Estados Unidos, Taiwán... En Venezuela, su país natal, desarrolló una iniciativa llamada “Construir Cantando”, un proyecto que estimula la práctica coral y el aprendizaje de la música en niños, niñas y adolescentes de zonas vulnerables.

Esta vorágine de viajes y conciertos no parece alejar de su centro a esta mujer entusiasta y afable, quien asegu- ra: “El tiempo de Dios es bueno y alcanza para todo”. Vive con su esposo en una amplia casa en Caracas, desde cuyas ventanas se puede ver el verde y la montaña, el cerro El Ávila, todo un símbolo de la ciudad.

“En mi familia siempre ha habido mujeres muy tenaces, de mucha fuerza, y eso ha sido un ejemplo maravilloso”, dice. “Mi mamá, que todavía vive, es una mujer de 82 años muy tenaz, que llevó adelante una familia de siete hijos con mucho éxito, y después de que todos fuimos grandes, se fue a la universidad a estudiar”. Y agrega: “Mis familias paterna y materna han sido muy amplias; somos muchos primos hermanos y las mujeres ayudaron mucho a la concordia familiar. El día de Navidad nos reunimos con todos los tíos, los primos, los hijos de

los primos hermanos y somos más de ciento setenta en un gran parque, donde hacemos siempre una gran fiesta. Es la vida que nos gusta tener”. En una larga charla telefónica con Sophia habla de su amor por la música, de su pasión por aprender y enseñar y de la importancia de seguir los propios sueños.

–¿Viene de una familia de músicos?

–No, realmente. Mi familia paterna es una familia de pro- fesionales liberales; pero del lado materno, mi bisabuelo y mi bisabuela sí eran músicos. Por esa razón, cuando éramos niños, mi madre, que es una gran amante de la música, nos llevó a los siete hermanos a la escuela de mú- sica. Yo fui la única que se dedicó profesionalmente.

–¿Y qué música se escuchaba en su casa?

–Mi madre tenía siempre muy buenas grabaciones. En
mi infancia, Caracas era una ciudad pequeña, pero había siempre conciertos dominicales en el Aula Magna de la Universidad Central o en el Teatro Municipal, y con mis padres los domingos íbamos siempre a una buena expo- sición de artes visuales y después a un concierto. Tuve la suerte de escuchar grandes conciertos y a grandes artis- tas. Ahora, pues, también tuve una infancia y una juven- tud normales; escuchaba siempre la música venezolana, la música popular, y crecí con la música de mi época, que era la de los Beatles y de los Rolling Stones.

–En una entrevista usted contó que empezó a estudiar matemática y física, antes de estudiar música. ¿Es así? –En efecto. Terminé mis estudios de bachillerato y estudia- ba música paralelamente, pero en Venezuela no existía la carrera universitaria de música, y mi padre era un hombre que quería que todos sus hijos tuviéramos la experiencia universitaria. Entonces, como a mí me gustaba mucho la educación, accedí a ir a la universidad a estudiar ciencias, porque me gustaban mucho también la física y la matemá- tica. Cursé dos años de esa carrera que me apasionaba, pero cuando tuve la oportunidad de entrar en una universidad en Inglaterra, pude dedicarme por entero a la música.

–¿Sus padres apoyaron esta decisión, estuvieron confor- mes con el hecho de que se fuera a estudiar a Inglaterra? –No sé si ellos estaban tan seguros de que esa era la decisión correcta, pero cuando vieron que yo estaba tan entusiasmada y tan determinada, me apoyaron. En 1972 ser músico en Venezuela era algo todavía un poco difícil de entender. Hoy en día, con todo el desarrollo musical que ha habido, es otra realidad. Pero yo me siento muy contenta de haber sido de las pioneras y haber contribui- do a todo este desarrollo.

–¿Cómo fue la experiencia de irse lejos, tan joven?

–Tomé la decisión de irme a los 19 años. Estaba asustada, pero tenía muchas ganas de hacerlo. Cuando llegué a Inglaterra, a la Universidad de Bristol, mis compañeros eran todos ingleses, no había ningún otro latinoameri- cano; al principio, me sentí un poco extraña, pero a mí siempre me han gustado muchos los retos. Me di cuenta de que ese era el sitio donde realmente iba a aprender. Me dediqué a estudiar con alma, vida y corazón, al punto que no volví a Venezuela en cuatro años.

–¿Cómo fue su vida en los setenta en Inglaterra?

–Fue una vida muy creativa. También fue una vida muy disciplinada, la de una estudiante universitaria que se daba cuenta de que no tenía mucho tiempo para lo que en Venezuela llamamos “la juerga”, salir con los amigos
y todo eso. Además, estaba metida de cabeza en lo que realmente me apasionaba. Pero fue una vida maravillosa, llena de alegría.

–¿Hablaba bien inglés cuando viajó, o aprendió allá?

–Me fui con un inglés bastante bueno, pero cuando llegué allá tuve mis dificultades, y conseguí mis propios métodos para ponerme al día con el inglés. En mis exámenes de Historia de la música, en los que había que redactar siete u ocho páginas, me aprendía capítulos enteros de memo- ria a fin de tener muchas herramientas para saber cómo se expresaba correctamente una frase o un pensamiento. Fueron unos años de mucho estudio, pero desde que era niña, estudiar para mí ha sido un placer maravilloso.

–¿Recuerda alguna anécdota de esa época?

–Recuerdo a mis vecinos, que era todos muy mayores. Yo no vivía en una residencia estudiantil, sino en un barrio,

y siempre tenía cerca a unas viejitas que eran como mis abuelas. Como me veían siempre con tanto trabajo, me lle- vaban comida, me invitaban a pasar la Navidad con ellos... Tengo recuerdos de mucho afecto de ese país.

De regreso a Venezuela, María obtuvo su diploma en Dirección coral y fundó varias agrupaciones corales con las que participó en giras y conciertos alrededor del mun- do. Ocupó cargos docentes y recibió premios tanto por
su trayectoria como por grabaciones realizadas con sus coros. Al mismo tiempo, se casó y tuvo a sus dos hijos.

–En cierta oportunidad usted dijo que siempre hay tiem- po para atender a los seres queridos. ¿Cómo hizo para conjugar el trabajo con la familia?
–Mira, no sé... Hay un dicho que dice que el tiempo de Dios es bueno y alcanza para todo. Organizándome, sabes, planificando, buscando la manera de compartir sin nece- sidad de tener que compartir todo el tiempo. Creo que si tienes buen ojo y lo repartes adecuadamente, pues alcanza para todo.

–¿Cómo fueron los primeros años de su carrera, con los hijos pequeños y una actividad tan intensa? ¿Hubo al- gún momento en que el dijera: “No puedo más”?
–Creo que muchas veces pensé que era mucho, que era una vida muy esforzada, pero nunca pensé que no podía. Me imaginaba que podía ser como un elástico, que poestirar siempre un poquito más y que no se iba a romper. Siempre buscaba la manera de hacer algo mejor, o de bus- car que alguien me ayudara. ¿Sabes qué es muy importan- te? Aprender a delegar. Y aprender que no toda la respon- sabilidad es solo tuya, sino que hay una responsabilidad compartida en la familia.

–¿Siente que se perdió algo de la vida familiar por estar lejos, con sus viajes?
–Sí, pienso que me perdí cosas sobre todo cuando mis hijos eran pequeñitos; me perdí muchos detalles de la vida cotidiana, quizá no los pude disfrutar tanto... Cuando te- níamos giras de conciertos, a veces nos íbamos mi marido y yo, pero en un momento acordamos que viajaba uno o viajaba el otro; lo hicimos así y dio muy buen resultado, porque los chicos crecieron recibiendo una misma direc- triz tanto de papá como de mamá.

–¿Cómo son sus momentos de silencio?

–Añoro mis momentos de silencio. Me gusta estar en silencio; me gusta pensar. Cuando camino por el parque, nunca llevo música; cuando voy a la montaña caminando, me gusta escuchar el sonido de la naturaleza. El silencio es muy importante para mí, me hace reflexionar, me permite ver cosas que cuando uno está muy lleno de ruido alrede- dor no puede ver.

–Usted viaja por todo el mundo. ¿Qué le gusta conocer de los lugares a los cuales viaja?
–Me encanta conocer las iglesias. Me gusta muchísimo entrar a los templos, a las iglesias, para ver cómo son los lugares donde se encuentra el espíritu.

–¿Tiene alguna anécdota especial de alguno de sus viajes?
–Tengo una anécdota muy divertida. Fui a Taipei, Taiwán, en 1996 con la Cantoría Alberto Grau, mi coro de voces femeninas. A mí me gusta mucho que los integrantes de mis coros hagan ejercicio físico, de modo que estén bien entrenados para los conciertos. Entonces, la primera mañana que estuvimos allá, salí a buscar un parque donde hacer unos ejercicios con ellas, y encontré uno donde había un maestro dando clases de tai chi. Yo no sabía nada de tai chi y mi coro tampoco. Un señor me pudo explicar en inglés de qué se trataba y nos dijo que al día siguiente podíamos ir. Entonces, les dije a las muchachas que al día siguiente íbamos a hacer tai chi y todas me miraron con cara rara, como diciendo: “¿Cómo es esta historia?”. Lo cierto es que al día siguiente todas fuimos a hacer tai chi, y el maestro se nos acercó y nos dijo: “Tomorrow morning, every day, seven o’clock” (“Mañana a la mañana, todos los días, a las siete en punto”). Mientras estuvimos en Taipei, fuimos todos los días a las siete de la mañana. Cuatro o cinco años después, volví a Taipei sola a dirigir un concier- to, y cuando llegué al hotel, busqué aquel parque en un

“Sueño con que todas las escuelas de Venezuela, y ojalá todas las de Latinoamérica, tengan un bello coro”.

mapa. Al día siguiente fui, encontré al mismo maestro,
y discretamente me puse al final del grupo. Cuando él me vio, me dijo: “Latinoamérica”. ¡Se acordaba de mí! Otra vez me dijo:
“Tomorrow morning, every day, seven o’clock”. El día del concierto, ese maestro vino con unas flores al escena- rio a entregármelas; fue muy emocionante.

–Después de tantos años de carrera, ¿cómo es salir a esce- na? ¿Sigue habiendo mariposas en el estómago o no? –Siempre, siempre. Pero salir a escena es para mí una gran responsabilidad, porque uno sabe que tiene que dar lo mejor de sí para que todos lo que están en el escenario puedan llegar a ese punto de emoción que todos busca- mos en el momento de hacer música. Salir a escena es el momento culminante de un proceso de trabajo. Empiezo a imaginarme ya la escena muchos meses y hasta años an- tes, cuando estoy preparando un repertorio, cuando estoy ensayando o planificando una gira de conciertos.

–Antes dijo que le gusta recorrer los templos y fundó en Venezuela la Academia Nacional de Canto Gregoriano. También ha trabajado mucho con la obra de Golijov, La Pasión de San Mateo...

–Soy una persona muy creyente; tengo una vida espiritual muy profunda desde mi niñez. Todas estas experiencias me han enseñado a valorar mucho más mi fe; todas me conectan con ese mundo espiritual que ha producido tanta belleza. Porque es inexplicable que tanta bella música sacra se haya escrito sin que haya habido una profunda fe. La vida espiritual produce en el arte gran belleza.

–¿Cuáles cree que fueron sus grandes aprendizajes?

–El mío es saber que uno ha recibido mucho, y eso implica una gran responsabilidad con sus semejantes: la de crear, de abrir espacios y de dar, porque al fin y al cabo, el paso por la vida es un paso efímero, un paso corto, ¿no?

–¿Esto tiene que ver con su decisión de iniciar un proyec- to como “Construir Cantando”, orientado a la formación musical de niños y jóvenes de toda Venezuela?
–Por supuesto. No hay posibilidad de dejar un legado si

no es a través de la enseñanza y a través de la formación de nuevas generaciones. La música es una disciplina que abre muchos aspectos de la inteligencia emocional y abre también la posibilidad del encuentro con lo inexplicable.

–Y desde el punto de vista social, ¿qué impacto tiene en los más jóvenes?
–La música, y la música coral en especial, ofrecen la posibilidad de integrar a niños y jóvenes en un proyecto en el cual ellos asumen el trabajo y el éxito colectivo como parte de sí mismos. Es una herramienta extraordinaria de trabajo grupal y de búsqueda de la perfección y la belleza; también les da a los niños y jóvenes la oportunidad de des- tacarse fuera del ámbito problemático que tienen muchos de ellos. Creo que la música les da esa herramienta que el ser humano necesita para luchar y seguir adelante.

–¿El proyecto está dirigido a niños de bajos recursos?

–Sobre todo, pero no exclusivamente. “Construir Cantando” busca que chicos de distintos niveles socioeconómicos integren una sola voz a través del canto coral.

–¿Se encariñó con alguno de los chicos?

–Sí, muchas veces. Hemos tenido casos maravillosos de chicos que vivían en sitios muy complicados y que hoy son jóvenes altamente superados, que han hecho estudios uni- versitarios y que inclusive se han convertido en maestros en los centros donde se formaron; eso es muy bello. Pero

también hemos tenido situaciones muy tristes, hemos tenido chicos a los que quisimos sacar de la violencia y no pudimos, y que perecieron a manos de la violencia.

–¿Tiene alguna cuenta pendiente, algún sueño por cumplir?
–Me encantaría poder hablar más idiomas y me gustaría muchísimo aprender a tocar el órgano, que es un instru- mento que me ha apasionado toda la vida. Pero también me encantaría tener más tiempo para leer, para compar- tir con mi esposo y con mis hijos. Un sueño que tengo es que todas las escuelas de Venezuela, y ojalá las de toda Latinoamérica, tengan un bello coro. Pero el proyecto más grande este año es mi nieto; estamos ansiosos de recibirlo. ¡Sé que voy a ser muy consentidora! Creo que haré con

él muchas de las cosas que no pude hacer con mis hijos. Pienso que en esta etapa de la vida, en la que uno ya pasó por la experiencia de ser padre, va a ser algo más relajado.

–¿Qué legado le gustaría dejar?

–El amor y el entusiasmo del trabajo sin reservas por lo que a uno le apasiona, por lo que uno quiere, que, en mi caso, es el canto coral. 

Ċ
Mercedes Grau,
30 abr. 2012 8:46
Comments